Por mucho tiempo, viví algo que, a simple vista, parecía positivo. Dime si te suena familiar…
Te levantas con optimismo, convencido de que hoy será “el día”. Sientes que podrías conquistar el mundo. Incluso compartes tu entusiasmo con algún familiar o amigo, contándoles sobre esa nueva idea brillante que podría llevarte al siguiente nivel. Y ellos, emocionados, te animan y te desean éxito.
Pero, con el paso de las horas, esa emoción comienza a desvanecerse. Para la tarde, es posible que ni siquiera recuerdes con claridad la gran idea que tenías en la mañana. Aún así, te resistes a aceptar la falta de avance y decides compensarlo. Miras más videos, lees más artículos, buscas información sobre financiamiento o formas de organizar tus ideas. Te llenas de conocimiento, pero no avanzas.
La verdad es que no es la falta de información lo que te detiene. Estás cargando con pensamientos y hábitos que no te permiten ejecutar. Y, aunque parezca contradictorio, tal vez lo que necesitas no sea aprender más, sino aligerar esa carga mental.
Déjame contarte cómo logré hacerlo.
Antes que nada, hay algo que muy difícilmente queremos enfrentar: nosotros mismos.
¿Recuerdas esa necesidad de mostrarte de una determinada manera? ¿La última compra que hiciste y la necesidad de compartirla para que otros se alegren contigo? Aquí hay algo que necesitas entender si realmente quieres hacer cambios: ¡Necesitas guardar silencio!
¿Por qué? Porque nuestras palabras tienen un impacto poderoso en nuestras vidas. Si constantemente le dices a tu mente que ya puedes tener todo lo que deseas (aunque en realidad no sea así), tu mente no sentirá la necesidad de hacer algo más. Se conforma con lo que le dices.
Por eso, es fundamental practicar el silencio. Cuando guardas silencio, solo hay una persona con la que puedes hablar: contigo mismo. Y en ese momento, no hay forma de mentirte. Sabes que, en realidad, aún no puedes permitirte ese reloj o esa vida de apariencia que otros creen que tienes.
Necesitas ser honesto contigo mismo. En lugar de levantarte con un optimismo exagerado, despierta con la intención de enfrentarte a ti mismo. Acepta quién eres, guarda silencio y guíate por la verdad.
Hay una lección importante en la Biblia: “Conocerás la verdad y la verdad te hará libre”. La verdad, aunque a veces difícil de enfrentar, es lo que realmente te permitirá avanzar.
Imagina que, por alguna razón, mañana te despiertas y, por arte de magia, tienes todo lo que siempre has deseado. Pero sé honesto contigo mismo… ¿Qué harías con todo eso?
¿Crees que realmente tendrías la capacidad de gestionar el negocio que tanto anhelas? Si la abundancia llegara de un día para otro, ¿sabrías administrarla correctamente?
La realidad es que como eres por dentro, se refleja por fuera. Si hoy te encuentras en una situación financiera complicada, pregúntate por qué. Pero recuerda, sé honesto.
La verdad es que, hasta ahora, no te has propuesto ser verdaderamente ordenado con lo que ya tienes. Supones que cuando alcances tus metas, entonces serás organizado, disciplinado y responsable. Pero si no puedes manejar bien lo que tienes hoy, ¿cómo lo harás después?
La abundancia no cambia quién eres, solo amplifica tus hábitos. Si eres ordenado con poco, serás ordenado con mucho. Pero si eres desordenado ahora, imagina el caos que vendrá cuando tengas más recursos y responsabilidades.
El verdadero cambio no está en lo que tienes, sino en lo que haces con ello.
¿Recuerdas la película Karate Kid? Al principio, el alumno no entendía por qué debía encerar y pulir el auto con tanta precisión. Parecía un ejercicio sin sentido, una tarea repetitiva y aburrida. Pero con el tiempo, cuando llegó el momento de pelear, su cuerpo reaccionó de manera automática. Sin darse cuenta, había desarrollado la habilidad que necesitaba.
Lo mismo sucede con los hábitos. Al principio, pueden parecer insignificantes o innecesarios, pero con la práctica constante se convierten en parte de ti, en reflejos automáticos que moldean tu vida sin que siquiera lo notes.
Seguramente has escuchado sobre hábitos como levantarte a las 5 a.m., bañarte con agua fría, etc. Y no te voy a mentir, yo también los he practicado y sí, tienen su impacto. Pero no son los únicos hábitos que existen.
El verdadero reto está en buscar lo que te incomoda ahora. No necesitas comenzar con algo extremo. Pequeños cambios como hacer tu cama cada mañana, realizar algunas repeticiones de ejercicio, limpiar tu casa con detalle o incluso mejorar tu comportamiento con los demás pueden marcar la diferencia. Agradecer más, ceder el paso en el tráfico, escuchar en lugar de hablar… todas estas acciones empiezan a moldear tu mente.
Podrías preguntarte: ¿Qué tiene que ver ser agradecido o ceder el paso con la productividad? Mucho más de lo que crees. Si en tu día a día priorizas siempre tu comodidad, tu subconsciente interpreta que dependes de la indulgencia de los demás. Sin darte cuenta, te posicionas mentalmente en un nivel inferior, esperando que las circunstancias cambien para ti.
Por el contrario, cuando tomas pequeñas decisiones que reflejan control y generosidad –como ceder el paso a alguien más– tu mente comienza a asumir una posición de dominio sobre tu entorno, enviando el mensaje de que tienes el control y vives en abundancia. Y esa mentalidad transforma por completo tu enfoque hacia la vida y el trabajo.
Cuando hayas desarrollado nuevos hábitos, te sorprenderá notar cómo el conocimiento que adquieres deja de quedar en el olvido. En lugar de acumular información sin propósito, comenzarás a ejecutarla con disciplina.
Ahí es donde entenderás que no se trata solo de aprender cosas nuevas (aunque es valioso), sino de poner en acción lo que ya sabes. Si ya conoces un método que funciona para organizarte, ¡úsalo! No sigas buscando más opciones, aplica lo que tienes y perfecciónalo en el camino.
Un buen método, combinado con nuevos hábitos, es la clave para lograr tus objetivos. Tienes todo lo que necesitas, ahora depende de ti dar el siguiente paso.
¡Te deseo lo mejor!