Antes de todo, vamos a preguntarnos algo: ¿Por qué nos atormenta algo que hasta hace unos días nos daba tanta paz?
Es como si el cerebro, en lugar de ayudarnos, decidiera proyectar una película en loop con los mejores momentos. Y claro, no cualquier película, sino una versión editada, sin discusiones, sin silencios incómodos, sin esas señales que elegimos ignorar. Todo se ve perfecto, y eso duele aún más.
Pero aquí está el truco: lo que te duele no es solo la ausencia de esa persona, es la ruptura de la idea que construiste de lo que podía haber sido. Ese futuro que imaginaste, las conversaciones que no tuvieron, los viajes que no se hicieron. Despedirse de una relación también implica despedirse de una versión de ti mismo que solo existía en ese contexto.
¿Incómodo? Sí. Pero es necesario.
Y no, no voy a decirte eso de “el tiempo lo cura todo” porque sabemos que ahora mismo suena a chiste malo. Pero lo que sí puedo decirte es que esta incomodidad es una señal de crecimiento. Es el ruido que hace tu mente mientras aprende a soltar.
Así que, por ahora, no te castigues por sentir. Estás en el proceso de despedirse de algo que fue importante para ti. Y reconocerlo, aunque duela, ya es un acto de valentía.
En este punto, seguramente miras el reloj una y otra vez, preguntándote si se descompuso ¿porque no avanza? cada minuto parece arrastrarse y, aunque deseas desesperadamente cambiar de escena, es como si tu mente se empeñara en crear un bucle y proyectar la misma maldita película una y otra vez.
¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué todo parece detenido?
Bueno, en realidad, el tiempo sigue avanzando con la misma precisión de siempre. Lo que pasa es que tu mente decidió salirse del carril y correr a velocidades que no está acostumbrada a manejar. Va y viene sin control, como un tren sin frenos.
Un momento estás reviviendo el día que se conocieron, luego saltas a aquella discusión que quisieras borrar, y de pronto te ves a ti mismo de niño, preguntándote cómo fue que terminaste aquí. Y sí, en algún punto, también te proyectas como un anciano, enfrentando tus últimos días y pensando en lo que pudo ser. Todo, sin esa persona.
Es abrumador. Y agotador.
La mente hace esto porque busca sentido, una explicación que le permita encajar las piezas. Pero no siempre la encontrarás. Y está bien. Porque este caos interno, por incómodo que sea, también es parte del proceso.
Así que si sientes que el tiempo no avanza, recuerda que no es el tiempo el que está detenido. Es tu mente la que corre más rápido de lo que tu corazón puede seguir.
Y en algún momento —quizás sin darte cuenta—, tu corazón y tu mente volverá a caminar a la misma velocidad, pero comienza a decirle a tu mente que tiene que dar… pasos lentos
El día puede comenzar soleado, pero si tienes unas cortinas que bloquean por completo la luz, todo seguirá viéndose oscuro. ¿Es culpa del sol que no alumbra? ¿O son tus cortinas las que no permiten que entre la luz?
Verás, el sol brilla con o sin tu permiso. Da igual lo que hagas, no puedes apagarlo. Pero sí puedes decidir si su resplandor llega a ti.
Y en este preciso momento, tras una ruptura, hay una luz queriendo entrar a tu vida. Puede ser pequeña, pero está ahí. Solo que ahora mismo, las cortinas de tu dolor, enojo y confusión la están bloqueando.
Retomar el control no significa ignorar lo que sientes. No se trata de fingir que todo está bien o de obligarte a “ver el lado positivo”, no es asi de simple. Retomar el control significa reconocer que, aunque no puedas cambiar lo que pasó, sí puedes decidir qué hacer con lo que queda.
Tal vez hoy solo puedas correr un poquito la cortina. Y eso está bien.
Quizás el simple hecho de levantarte, tomarte un café o salir a caminar sea tu manera de dejar que un rayo de luz entre. Y cada vez que lo hagas, te estarás recordando algo muy importante:
No puedes controlar el sol, pero siempre puedes elegir cuándo abrir la ventana.
¿Qué ridículo, no? ¿Quién quiere agradecer algo en estos momentos? Se siente como si el universo te odiara de alguna forma, como si fueras el único que está pasando por esto. A veces, solo te gustaría conocer a alguien que haya vivido lo mismo para sentir que no estás solo en el mundo. Todo parece estar mal, te bañaste con agua demasiado caliente y estuviste pensando en esa persona mientras caía el agua en tu cabeza, desayunaste sin encontrarle sabor a la comida, y después, tuviste que ir a trabajar sin ánimos de convivir con tus compañeros, terminando por cancelar planes con tus amigos.
Pero, ¿acaso te diste cuenta? Tuviste agua caliente para bañarte, un desayuno que probablemente estuvo riquísimo, un trabajo que te permite subsistir, compañeros que querían compartir un momento contigo y amigos que deseaban escucharte y animarte. Son cosas pequeñas, tal vez, pero esas pequeñas cosas son las que te siguen sosteniendo, incluso cuando no te das cuenta.
La gratitud no es una solución mágica para el dolor, pero sí una herramienta poderosa que te ayudará a reconectar contigo mismo y a salir del ciclo interminable de pensamientos que solo alimentan la tristeza. No se trata de forzarte a ser positivo, sino de aprender a reconocer lo que tienes a tu alrededor, incluso en la oscuridad.
¿Podrías agradecer algo justo ahora? Quizás hoy no puedas encontrar muchas razones para agradecer, pero si miras bien, seguro verás algo: el sol brillando fuera de la ventana, una llamada de un amigo, una canción que te trae recuerdos positivos. Son pequeños momentos que, aunque parezcan insignificantes, te están mostrando que, incluso en medio del caos, la vida sigue ofreciendo cosas por las que ser agradecido.
Una vez comienzas a hacer del agradecimiento algo habitual, tu espectro visual se expandirá hacia nuevas perspectivas, y es en ese entonces donde lograrás ver la realidad. Podrás verte a ti mismo, podrás identificarte, analizarte y darte cuenta de cuánto te has olvidado. En los últimos años, has exigido amor, has buscado atención, y has creído, de forma consciente o inconsciente, que alguien a tu lado te daría felicidad. Has estado en espera de que alguien se preocupe por ti, te apoye y te rescate de la sensación de estar solo.
Pero, ¿adivina qué? A nadie le interesa de forma prioritaria tu felicidad. Nadie despierta pensando en si estás feliz o no. Eso no es egoísta, es simplemente la realidad. Lo que realmente importa es que tú te conviertas en la fuente de tu propia felicidad.
Y aquí es donde el espejo juega un papel crucial. Cuando te miras al espejo, ¿qué ves realmente? ¿Solo una imagen física, o una persona que ha pasado por tanto, que ha crecido, que ha aprendido? El espejo no solo refleja lo que hay afuera; refleja lo que llevas dentro. Y si te tomas el tiempo para mirar más allá de los rasgos que reconoces, verás las emociones, las decisiones y las heridas que has acumulado. Verás todo lo que has sido, pero también lo que has dejado de ser.
Este momento de introspección es incómodo, no te lo voy a negar. Nos resulta más fácil enfocarnos en lo que otros han hecho o no han hecho por nosotros, que mirar en nuestro interior y reconocer las partes que hemos dejado de lado. Pero la verdad es que el verdadero cambio comienza cuando dejas de esperar que alguien más lo haga por ti. El amor y la felicidad no llegan de fuera, sino que nacen dentro de ti.
Así que la próxima vez que te mires al espejo, hazlo con otros ojos. En lugar de centrarte en lo que te falta o en lo que otros no te dieron, busca la fortaleza que has cultivado en medio del dolor. Reconoce lo que eres capaz de hacer por ti mismo, lo que has logrado y lo que aún está por venir. No te veas con los ojos de la culpa ni de la tristeza; mira con los ojos de la aceptación y el amor propio.
Llegar a este punto toma algo de tiempo. Piénsalo bien: ¿dónde estás ahora? No es un lugar al que llegaste de la noche a la mañana. Ha sido un constante caminar, aunque quizás por el camino equivocado. Y ahora, te encuentras aquí, detenido, sin ver otro camino. Es comprensible, porque después de tanto tiempo caminando en círculos, puede parecer que no hay más opciones. Pero te aseguro que este es solo un punto de inflexión.
Una vez has pasado por todo lo descrito en los capítulos anteriores, posiblemente no veas un camino claro por delante, pero eso no significa que no tengas la capacidad de crear uno. Porque ahora tienes algo que antes no tenías: la fuerza para avanzar, la sabiduría de los tropiezos y la determinación de alguien que ha aprendido a caminar con su propio paso.
No tendrás miedo de cortar la hierba que cubre el terreno, ni de levantar las rocas que bloquean tu paso, ni de cruzar el lodo que parece hacer que todo avance más lento. Sabes que el proceso no será fácil, pero también sabes que la belleza está en la creación, en el hecho de que cada obstáculo que vayas superando te llevará a un terreno más firme.
Este nuevo paradigma no solo se trata de aprender a soltar lo que ya no sirve, sino también de redibujar el mapa de tu vida. Es un cambio de mentalidad radical: ya no se trata de esperar a que las cosas cambien por sí solas o a que alguien más venga a salvarte. Es el momento de ser el arquitecto de tu propia felicidad. Y aunque no sepas exactamente qué formas tomará ese camino, puedes confiar en que tienes lo necesario para construirlo.
Este cambio de paradigma es liberador. Te libera de las expectativas ajenas, de las viejas narrativas que te mantenían atrapado en una versión de ti mismo que ya no encaja con la persona que eres ahora. Estás forjando un camino nuevo, lleno de posibilidades, y lo mejor es que este camino es tuyo. No está definido por nadie más, ni por lo que pensabas que “debías” ser.
Así que, cuando te sientas perdido o inseguro, recuerda que este es el proceso. Estás en plena transformación. Y lo que puede parecer un camino incierto hoy, pronto será una ruta que caminarás con seguridad y orgullo. Este es tu nuevo paradigma: un espacio donde tú eres el creador, donde las limitaciones del pasado ya no dictan tu futuro.